Al hilo de la última brecha informativa producida por Wikileaks acerca de las tropelías norteamericanas en Irak, es fundamental recordar lo que Eduardo Galeano afirma sobre la tortura. Entre otras cosas, apunta el escritor que, para que su función de propaganda llegue a término, es decir, para que el miedo se extienda rápido por todo el orbe, es condición indispensable que se ejecute sobre personas inocentes. De ese modo, cualquier ciudadano de cualquier país se sentiría torturable, al ver en las noticias a personas que sin juicio previo son aisladas sensorialmente en Guantánamo o humillados con perros en Abu Ghraib.
Este requisito es tenido en cuenta a nivel nacional cuando se comprueba que Israel, por ejemplo, se pone a bombardear hospitales, colegios o mezquitas, sin que parezca en un principio que poco les importa acabar con la vida de mujeres, ancianos, heridos, niños y todo lo que se ponga por debajo de su aviación: les importa y así lo quieren. Es un aviso a navegantes, una manera de expresar, dentro de su psicopatía, que todos los musulmanes están bajo su punto de mira, y que se anden con ojo si piensan tener descendencia.
Ahora sabemos que las tropas norteamericanas han segado la vida de 70. 000 civiles en Irak. Aunque empieza a sentirse la onda expansiva del terremoto informativo (la ONU ha pedido explicaciones a Obama, Irak asegura que comenzará una investigación, etc.), todo quedará sepultado antes o después en la montaña del más de lo mismo, porque son noticias que prolongan en la opinión pública una situación ampliamente conocida.
Esa inercia, que llevará al Pentágono y sus locuras a perderse entre los diferentes sucesos del día a día, es aprovechada por el Departamento de Defensa cuando, en lugar de agachar la cabeza, esquivar el golpe, o protegerse contra el puñetazo, pone en duda las formas de la web que publica sus documentos, sin importarle una mierda de paloma que esos mismos documentos prueben fehacientemente la psicopatía de su modus operandi.
En Buscando a Eric, la última de Ken Loach, el protagonista debe enfrentarse, por cosas del destino, a un psicópata que comienza a hacerle la vida imposible. Después de pensar cómo atajar el problema, una conclusión aparece: a esos individuos no les importa nada ni nadie, excepto su propio prestigio, y por ahí decide entrarle.
Es como si esos miles de documentos publicados por Wikileaks formaran el subconsciente de la criatura. Lo que nadie quiere oir ni ver en el propio Pentágono. Y no por las salvajadas que reflejan, sino por la pérdida de prestigio que supone el hecho de que el Departamento de Defensa del país que más habla de democracia en el mundo se dedique a la tortura de inocentes.
Por eso mismo, nunca van a reconocer que se pasan por el forro de los cojones los Derechos Humanos, lo que diga la ONU o, en el caso de Israel, que la Cruz Roja rompa su histórica neutralidad para denunciar el bombardeo de hospitales. Reconocerlo sería perder su estatus de ejércitos democráticos, la imagen que ellos piensan que cuela en el exterior.
En cuanto a los hechos en sí, es decir, la tortura, el asesinato, la violación y otras formas de su democracia, poco van a decir. Por un lado, son necesarios para imponer el miedo, y por otro, les siguen aportando prestigio como criminales de guerra. De ahí que hayan condenado los métodos de Wikileaks para conseguir información mientras esperan que los suyos, encaminados hacia el exterminio de la inocencia, se queden criando polvo en algún almacén de documentos.

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