Todo lo que siempre quiso saber sobre la crisis (pero nunca se atrevió a preguntar)

14/01/2011

Compadezcamos a los políticos

Hans- Magnus Enzensberger


Quizás haya llegado el momento de que dejemos de insultar a los políticos. Hace tiempo que esta práctica se ha desvinculado de su lugar de origen, el discurso de la oposición, para convertirse en tópico de la mayoría murmuradora. Y desde entonces circula como pasatiempo por todos los medios de comunicación. Como siempre cuando ya no queda nada por desvelar, el sacar algo a la luz se convierte en una rutina industrial. Produce beneficios siempre que se trate de incrementar ediciones o cuotas de audiencia. Pero incluso este beneficio es efímero; el interés da paso al hastío, la indignación se consume a sí misma, y el desprecio consensuado se conforma con encogerse de hombros.

Las investigaciones de campo de sociólogos diligentes, las pesquisas de los fiscales y las indagaciones de periodistas tenaces no dejan ninguna duda de que los reproches son ciertos. Lo que suele denominarse la clase política, expresión más curiosa que acertada ofrece un espectáculo nada agradable. No sólo en Alemania, sino en todo el mundo se afirma, en diferente dosificación pero con deprimente unanimidad, que se caracteriza por el dominio de la mediocridad, el fracaso del discernimiento, el pensamiento a corto plazo, la ignorancia conceptual, la obsesión por el poder, la codicia, el nepotismo previsor, la corrupción y la arrogancia.

Desde el politólogo que diferencia de forma acrítica hasta el Savonarola que gorgotea en las tertulias, casi nadie negará la veracidad de este diagnóstico. Lo único molesto en este contexto es la cicatería con la que se controlan los dispendios de la inmensa mayoría de los cargos políticos. Las sumas objeto de crítica son tan irrisorias, por lo menos aquí en Alemania, que hablan por sí mismas las notas de gastos ficticias y el fraude fiscal tienen en todas las sociedades occidentales la consideración de divertido deporte popular. Y, en cuanto a los emolumentos del personal político, no permiten la menor comparación con los sueldazos de los directivos de las revistas de gran tirada, quienes consideran su propio fariseísmo como legítima fuente de ingresos.

Mientras al “bolsillo” de los políticos vayan a parar únicamente sumas irrisorias, se trata de un campo de investigación relativamente improductivo comparado con el potlatch generalizado que es el despilfarro en beneficio de los grupos de presión y de los partidos. Las aportaciones para campañas electorales, las subvenciones, las cantidades destinadas a las fundaciones políticas, los fondos especiales y los avales constituyen una destrucción de capital diez mil veces mayor que la suma de todos los planes de jubilación que puedan tener nuestros políticos.

La indignación moral de nuestros días suele ocultar, en lugar de esclarecer, los verdaderos problemas. Así por ejemplo, no se comprende por qué los políticos habrían de ser más duros de mollera que las demás personas; pero una y otra vez comprobamos que incluso unos signos unívocos, como graves derrotas electorales, no bastan para que la clase política aprenda la lección. Tras la debacle del referéndum danés sobre la adhesión a la Unión Europea, todos los cuadros políticos coincidieron: “¡Ahora más que nunca! Cerremos los ojos y ¡adelante!” Después de los excesos policiales durante la llamada cumbre económica de Munich, la brutalidad fue proclamada virtud de Estado.

Los ejemplos son numerosos y no se limitan sólo a Alemania. También la administración norteamericana cierra los ojos ante los tumultos de Los Ángeles, el gobierno monocolor del Japón ante la corrupción, y los partidos italianos ante la capitulación del Estado frente al déficit, la mafia y la criminalidad gubernamental. Por razones estadísticas resulta improbable que un sector cualquiera de la población, en este caso la clase política, se vea aquejado por unos defectos congénitos que sin embargo no afecten al resto de la población. Las características genéticas obedecen a la distribución normal de Gauss. Ello explica por qué los gigantes y los liliputienses son mucho menos frecuentes que las personas de talla normal. Y lo mismo ocurre con la inteligencia.

Las explicaciones sociológicas ya resultan más explícitas. ¿De qué forma y con qué fin llega uno a la política? Si echamos una mirada a la trayectoria del personal de Bonn, París o Madrid, nos daremos cuenta de que el político profesional es, en general, una persona sin profesión. Ya durante la adolescencia pasa horas y días enteros en una organización escolar o universitaria; porque sólo aquel que descuida sus estudios, es decir, aquel que estudia lo menos posible,podrá llegar a ser portavoz, delegado, presidente. Se trata de una carrera muy dura, que consiste básicamente en desarrollar la actividad e los codos. Pero una vez superada la ardua tarea de pasar sucesivamente por la agrupación de barrio, el comité local y el consistorio municipal, ya no será necesario buscarse el sustento.

Podríamos describir este tipo de carreras desde dos perspectivas. Visto desde fuera, se trata de un empleo a tiempo completo, que exige una atención constante. Los continuos forcejeos y las enconadas luchas de trincheras no permiten ni un respiro. Las negociaciones del grupo político, los debates sobre los estatutos y las intrigas de trastienda dejan una experiencia singular. Y aquel que finalmente consigue que su nombre figure en la papeleta electoral o que logre alcanzar la vicepresidencia de alguna organización, por regla general tendrá que conformarse con un déficit de realidad que defenderá frente a cualquier ataque. Este mecanismo de reclutamiento ha sido descrito a menudo. Y puede estudiarse no sólo acudiendo a las biografías de los políticos.

También resulta instructiva la comparación con otros modelos de carrera. Si echamos una ojeada al personal que ocupa los cargos rectores de la banca o la industria, donde en los últimos diez años se ha producido un notable cambio generacional, encontraremos personas ambiciosas y con ansias de poder. Ahora bien, para poder permanecer en estos círculos es imprescindible ser competente en la materia, tener mundología y facultad perceptiva, ser capaz de tomar decisiones y saber pensar a largo plazo. Por lo que se oye, algunas veces también se valoran criterios morales. El hecho de que esta gente hable del personal político con un desprecio apenas disimulado, da que pensar. Y lo hacen no sólo porque tienen a los políticos profesionales por unos ignorantes, sino porque consideran que toda su actividad es de un vacío insoportable.

Jamás se contentarían con los márgenes de actuación de los partidos. La construcción de una planta de montaje, el desarrollo de un nuevo avión, e incluso el saneamiento de una agencia de transportes de tamaño medio, comportan unos periodos de preparación que un político, cuyo horizonte temporal no supera un mandato electoral, ni siquiera puede soñar. Si bien el reclutamiento y la trayectoria permiten comprender ciertas desviaciones de la norma estadística, estos mecanismos no lo explican todo. Al fin y al cabo cualquier profesión conlleva ciertas deformaciones, pero no por ello las consecuencias –en el caso de cerrajeros, empresarios funerarios, veterinarios– resultan tan poco tranquilizadoras. Así pues, en lugar de insultar a los políticos, es hora de que nos pongamos a hablar de su miseria. Esta miseria es de naturaleza existencial. Para expresarlo con cierto patetismo: acceder a la política es despedirse de la vida, es el beso de la muerte.

Lo primero que salta a la vista de estos seres marcados es el increíble aburrimiento al que se exponen. La profesión de la política es el reino de lo eternamente igual, de la despiadada repetición. Todo aquel que alguna vez haya tenido la desgracia de participar en una reunión, conocerá la sensación de paralización que invade incluso al más voluntarioso cuando en tales ocasiones se ve obligado a escuchar las prolijas exposiciones, disquisiciones, debates y consideraciones, donde jamás aparece el factor sorpresa. Y, sin embargo, la principal tarea de todo político consiste precisamente en participar en reuniones y sesiones. Todo el mundo se reúne: las cámaras parlamentarias, los grupos parlamentarios, las comisiones, las subcomisiones, los consejos asesores, los patronatos, los comités centrales, los comités ejecutivos, los parlamentos regionales, los concejos municipales, las patronales, las asociaciones profesionales, los gremios, las mesas de negociación, las rondas de discusión, las reuniones mamut. Así pues, un político profesional invierte largos años, posiblemente incluso décadas, en asistir a reuniones. No es de extrañar que ello acarree graves consecuencias.

Segundo. Basta con echar una ojeada al despacho o a la casilla del correo de un diputado para darse cuenta de en qué invierte la mayor parte del tiempo en el que no está reunido: la lectura de una riada incesante de “documentos”, expedientes, circulares, solicitudes, instancias, dictámenes, peticiones de informes, acuerdos, directrices, boletines, dossier, resoluciones, actas, resultados de encuestas, proyectos de ley... Sólo quien esté familiarizado con la prosa jurídico- administrativa en la que están redactados tales escritos, sabe lo que esto significa. Debido a la enorme cantidad de este material, queda excluido cualquier otro tipo de lectura, excepción hecha del Bild-Zeitung, periódico muy recomendable debido a su exiguo texto. El político es tan sensato que manda leer para estar por lo menos informado acerca de lo que se escribe sobre él. A este fin cuenta con un asesor personal, y en caso necesario puede acudir a la secretaria, a la oficina de prensa o bien a los servicios de recortes de prensa. Ahora bien, este sistema de lectura indirecta agrava el problema en lugar de solucionarlo. El jefe sólo se entera de aquellas cosas que el filtro que había contratado para su protección crea conveniente pasarle. Cuanto más altos sean los cargos a los que vaya accediendo, más fieles y eficaces serán los colaboradores de que se rodeará, que le protegerán de forma cada vez más eficiente contra informaciones desagradables. Es natural que el político castigue al mensajero que le trae malas noticias, y resulta igualmente natural que éste le oculte todo lo que a aquél no le gusta oír.

Tercero. Al político no sólo se le escapa mucho, sino que tampoco le está permitido exteriorizarse. Únicamente en círculos íntimos puede manifestar lo que piensa, si es que piensa. Pero por otro lado tampoco puede guardar silencio; se le exige que hable continuamente. Bajo tales circunstancias, la trivialidad de sus palabras no constituye un defecto, sino un mérito. Ahora bien, ni siquiera el político más curtido es capaz de producir toda esa riada de palabras vacuas. Para ello existen especialistas que procuran que éstas nunca dejen de fluir. Al orador le incumbe la tarea de revisar minuciosamente el manuscrito y tachar todo aquello que podría ser interpretado como una idea personal. Si alguna vez se salta algún pasaje, el castigo es implacable. Los gritos de la opinión pública le impiden conciliar el sueño y los compañeros de su propio partido lo tratan como a un leproso. La disciplina necesaria para evitar este riesgo es digna de mejor causa. No es de extrañar que bajo estas circunstancias el orador permanente pierda con el tiempo la capacidad de expresarse de forma normal. La pérdida de la palabra es una de las muchas mermas que conlleva la profesión.

Cuarto. La necesidad permanente de hacerse publicidad es posiblemente la situación más embarazosa a que pueda exponerse una persona. Entre las obligaciones profesionales de un político está tocarse la cabeza con los objetos más ridículos, desde un sombrerito tirolés hasta las plumas de un indio, acariciar bebés y elefantes, abrir barriles de cerveza, asistir a las reuniones carnavalescas más aburridas y participar en los más repelentes programas de televisión. No hay ninguna mujer de la limpieza y ningún mecánico que se deje rebajar hasta tal punto. La abnegación estoica, la sonrisa forzada y la simpatía afectada son tareas totalmente normales durante cualquier campaña electoral. El político profesional no puede evitar que le humillen continuamente, incluso en sus propias filas. Cabe preguntarse qué le capacita para aguantar los rituales del orden de picoteo, el omnipresente hedor a establo, la justamente llamada disciplina de grupo parlamentario, en fin, todos estos gestos de sumisión que se le exigen.

Quinto. Otro ejercicio de penitencia impuesto al político profesional es la total pérdida de su soberanía temporal. La única percepción que se le permite en estado de vigilia es la agenda. Su calendario está minuciosamente programado y parcelado con muchos meses e incluso años de antelación. No contiene hojas en blanco. Incluso las vacaciones son mera ficción: están repletas de entrevistas, consultas, apariciones públicas. El jefe, sea pequeño o grande, está sujeto a la obligación de moverse sin cesar; al igual que una peonza, tiene que girar hasta caerse. No hay sindicato que ante una exigencia tal no respondiera de inmediato con una huelga general. Desde esta perspectiva, cualquier mendigo goza de una libertad incomparablemente mayor que la del político.

Podríamos proseguir con la relación de adversidades que aquejan a los políticos, aunque con resultados menos rentables, pues no llegaríamos a captar el aspecto decisivo, la miseria básica de todo político: su total aislamiento social. Una situación paradójica, ya que se trata de personas que no tienen permitido permanecer solas. La sola ausencia de este derecho elemental debería conducir, por lo general, a graves trastornos psíquicos. Ahora bien, si se obliga a una persona a permanecer continuamente en medio de un gentío y, al mismo tiempo, evitar cualquier comunicación normal, se produce un dilema desesperanzador.

Existe una forma científica de tortura denominada privación sensorial. El individuo es introducido en un tanque de agua insonorizado, inodoro y sin luz, con lo cual se le priva de cualquier tipo de percepción. Incluso el sentido del tacto queda anulado debido al medio líquido. Una analogía social de este experimento sería el singular encapsulamiento al que se ve sometido el político. Cuanto más asciende, más radicalmente se le cortan los contactos sociales. Apenas se entera de lo que sucede en la calle. No tiene la menor idea de lo que vale un kilo de azúcar o una caña de cerveza, cómo se renueva un pasaporte o cómo se adquiere un billete de metro. Las visitas oficiales constituyen un ejemplo paradigmático de este proceso forzoso de deshabituación. Tras un largo viaje en su avión particular y acompañado siempre del mismo séquito, el jefe cruza a velocidad vertiginosa las calles desiertas de una ciudad en la que sólo consigue ver el despliegue policial mientras se dirige al palacio presidencial, copia de todos los demás palacios presidenciales.

Desde este momento se ve obligado a escuchar discursos, pronunciar discursos, almorzar, pronunciar discursos, escuchar discursos, cenar, escuchar discursos, pronunciar discursos. A la mañana siguiente le llevan de regreso al aeropuerto, sin haber podido obtener la más mínima impresión del lugar que acaba de visitar. Este ejemplo relativamente inocente apenas nos proporciona una leve idea del aislamiento al que se ve sometido el político. Es precisamente este aislamiento el que provoca en él la típica pérdida de realidad y que explica por qué, independientemente de su capacidad intelectual, por lo general es el último en comprender qué está ocurriendo en la sociedad. Incluso los privilegios de los que goza, y que le suelen reprochar incansablemente, contribuyen a aumentar su infortunio. En este contexto resulta significativo el ominoso símbolo de estatus que representa el escolta. Resulta fácil adivinar que este personaje no protege al político del mundo que le rodea, sino que protege al mundo frente al político e impide que éste logre traspasar la tenue membrana que le separa de su entorno. El agente de seguridad es, al mismo tiempo, el carcelero.

Claro que esta situación no constituye un fenómeno único. Existen diversas analogías. En cierto sentido la vida de un político guarda semejanza con la de su enemigo más peligroso, pues también los terroristas, condicionados por la conspiración, se marginan de la realidad social y sólo emplean un lenguaje notablemente deformado. (La pérdida del lenguaje y del sentido de la realidad no son sino dos caras de una misma moneda). Ahora bien, esta comparación nos lleva incluso a un medio menos exótico: el de las “instituciones totales”, como por ejemplo asilos, hospitales, clínicas psiquiátricas y cárceles. En tales instituciones reencontramos numerosos rasgos que también determinan la vida del político profesional: los internos no pueden disponer de su propio tiempo; la rutina diaria está preestablecida; no existe esfera privada; los internos siempre están aislados, pero no solos; las vejaciones están a la orden del día; la pérdida de realidad condicionada por el sistema aumenta con el tiempo de internamiento. Tras largos años de internamiento aparecen daños que clínicamente se denominan “hospitalismo”, y cuyos principales síntomas son las dificultades para relacionarse, apatía, tendencia al llanto, inquietud y agresividad, trastornos mentales, problemas de lenguaje e impotencia, ocasionalmente incluso alucinaciones. Casi siempre los pacientes sufren estados de ansiedad, aunque por lo general el miedo nace de unas causas muy reales.

Al igual que el interno, también el político se ve sometido a una  vigilancia permanente, aunque en este caso la clásica mirilla de la penitenciaría es sustituida por el objetivo de las cámaras, y el carcelero por los periodistas y fiscales. Y puesto que incluso el político más íntegro está obligado a moverse entre las tinieblas de la financiación de los partidos, entre la maleza de las subvenciones y de las exportaciones de armas, así como entre el lodazal de los servicios de inteligencia, constantemente se ve dominado por el miedo.

El principal síntoma del “hospitalismo”, sin embargo, es la depresión. Suele desarrollarse de forma larvada, puesto que a los políticos profesionales no se les permite manifestarla públicamente. Sólo pueden dar rienda suelta al reverso de la moneda, es decir, a las manías: el afán de notoriedad manifestado en actos públicos que, posiblemente por su insulsez, son anunciados como actos cumbre; la megalomanía casi infantil de todo el personal político; la ingenua vanidad; la tendencia al derroche. Anda equivocado quien piense que todo ello crea placer o incluso felicidad. Nada más lejos de la realidad. Este torpe circo ambulante que montan los políticos no es más que un fenómeno de compensación. La literatura médica describe el paso de la fase depresiva a la fase maníaca como sigue:

“El estado de ánimo morboso tiñe todas las vivencias y el comportamiento de los pacientes hasta el extremo de que creen encontrarse en su mejor estado mental. La falta de discernimiento y una capacidad exagerada para la actividad llevan a un estado explosivo, en el que el paciente se muestra inquieto, impertinente y pesado, y ante cualquier resistencia reacciona con una irritabilidad agresiva. Tanto los pensamientos como los actos son cada vez más amplios y pueden desarrollar una clara megalomanía. Así por ejemplo, los pacientes pueden estar convencidos de su propio poder y genialidad, y temporalmente incluso llegan a adoptar una identidad fastuosa. Los maníacos se ocupan de forma impulsiva e inagotable de diversos actos, sin percatarse de los peligros que éstos implican. En casos extremos desarrollan una actividad tan febril que pierden toda relación entre estado de ánimo y comportamiento”.

Un paciente que intentara superar su desesperado estado anímico por esta vía, ¿cómo habría de comprender que los demás le echen incluso en cara su actuación desesperada? Aquel que recomiende colocarse –aunque sólo fuera a modo de prueba– en el lugar de un político profesional, se enfrentará a dos objeciones tan lógicas que merece la pena desarrollarlas. Por un lado se me objetará que el disfrute del poder recompensa al político profesional por todas las contrariedades que sufre. Hay quien afirma que el poder constituye un afrodisíaco irresistible para el político. Puede que ello fuera cierto en sentido histórico. Los monarcas absolutos y los gobernantes totalitarios siempre se han acercado a ese sueño de lactante consistente en que el mundo ya no opone resistencia alguna a la voluntad individual. Sin embargo, resulta difícilmente comprensible que un político instalado en Washington, Bonn o Tokio pudiera sucumbir a una ambición de poder de este tipo. Porque cada uno de estos jefes semeja un Gulliver atado con miles de hilos.

En el entramado de intereses partidistas, grupos de presión, asociaciones y burocracias apenas puede moverse unos milímetros. Quien ostente el orgulloso título de jefe supremo de las fuerzas armadas se expone a una denuncia ante el Tribunal Constitucional por haber enviado a algún sitio un avión espía sin armas. El debate sobre si un paciente debe contribuir al gasto sanitario con el cinco o el veinte por ciento del precio de un medicamento, o si bien si se debe modificar la pensión de viudedad, desencadena durante meses gigantescos debates en los aparatos de todos los partidos. La supresión de determinados beneficios fiscales sólo se consigue empleando tretas diabólicas y a espaldas de los afectados.

A la vista de este bloqueo a la actuación, toda persona realmente consciente de su poder emprendería la huida. Como apoderado general de un comercio al por mayor de aceros probablemente tuviera mayor poder de decisión. He aquí otra forma con la que la realidad perdida se venga de los políticos. Como último argumento de la acusación podríamos objetar que los políticos son los únicos culpables de su situación. Al fin y al cabo han elegido voluntariamente esta profesión, que al mismo tiempo constituye la negación de una profesión. Ahora bien, ¿no sería taimado insistir en ello? Porque esta afirmación maliciosa no tiene en cuenta que la carrera política funciona como una nasa. Resulta fácil entrar, pero casi imposible salir de ella sin sufrir graves daños.

Todo aquel que se ha metido en ella tiene la errónea impresión de que no le queda más que una salida: el camino hacia arriba. En el supuesto de que logre recorrerlo, poniendo en ello su mayor empeño, un buen día comprobará que había sido víctima de una ilusión, puesto que el ascenso no le ha librado de su situación, sino que la ha empeorado. Una constatación que sin embargo sólo puede hacerse cuando ya es demasiado tarde. Peor suerte corre posiblemente el político apartado del aparato de un partido. En el mejor de los casos terminará como parado muy bien remunerado en un décimo piso de Bruselas. O bien se le nombra, sin haber demostrado nunca el menor interés por las roturas de tuberías, inspector jefe de la compañía municipal de aguas. ¿A quién se le ocurriría contratar a una persona que no ha estudiado nada concreto?

De este modo, la perspectiva de una pensión de jubilación suficiente constituye el único aliciente para quienes fracasan en el abordaje al puente de mando de la sociedad. A buen seguro la mayoría de nosotros pensamos que sería un lujo exagerado compadecer a unos conciudadanos que, sin la menor vergüenza, se califican de políticos de primer rango. Pero al igual que cualquier otro grupo marginal, al igual que los alcohólicos, los ludópatas o los skinheads, son merecedores de esa compasión analítica necesaria para comprender su miseria.

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