Todo lo que siempre quiso saber sobre la crisis (pero nunca se atrevió a preguntar)

08/01/2011

Subversión de símbolos (III). El desierto de lo real

No hay dinero para regar los parques. Y aunque así fuera, los nuevos espacios para el asueto asociados a zonas residenciales de reciente construcción, tampoco necesitan agua. El césped brilla por su ausencia, y en su lugar se ha añadido cemento, grava, arena, bancos incómodos y pequeños árboles rodeados de arbustos raquíticos. En verano resulta poco menos que un suicidio intentar atravesar de lado a lado cualquiera de estas zonas verdes...

El lugar donde siempre se buscó la sombra aparece como un desierto, no existen fuentes para refrescarse, pues suponen un derroche innecesario de agua, y ahora tampoco se puede ni fumar, ni beber. La zona verde es gris, y el área que se nos vende como ideal para echar un rato se legisla como el patio de una cárcel, que visto desde lo lejos da la impresión de sitio desolado, yermo y sin vida alguna. No obstante, la cercanía al bloque de pisos correspondiente incrementa su valor en un más que interesante porcentaje.

 Parque Juan Pablo II, Madrid


Es el reflejo material del último capitalismo: bajo el argumento de la creación de riqueza, el sistema económico ha terminado por basarse en la escasez. De recursos de todo tipo, de puestos de trabajo, de poder adquisitivo... y finalmente esta austeridad soterrada (basada en "recortes" que conducen a obtener más beneficios) ha dirigido a los servicios, la educación, la sanidad y los diferentes espacios públicos hacia una erosión paulatina a la que nos vamos acostumbrando como si de un envejecimiento natural se tratara, asumiendo lo aséptico como símbolo de prosperidad.

Lo llamativo es que, con cada nuevo proyecto, la estética de esta escasez va aproximándose cada vez más a la del comunismo de la URSS y sus estados satélite. Aquella austeridad, el desarrollo de un urbanismo pragmático inducido por la funcionalidad de cada edificio, queda impecablemente calcado en los últimos complejos de oficinas, como pueden ser las Cuatro Torres aquí, en Madrid, o cualquier otro polígono de trabajo (o industriales) situado en las afueras de las ciudades.



Esta desertización del espacio público aparece como un sello de la casa en los diferentes países occidentales. Los grandes almacenes, las cadenas internacionales de comida rápida y los diferentes cajeros automáticos se asientan sobre monolitos de cemento armado, plagados de aristas puntiagudas y superficies pulidas, donde el ser humano se convierte en un turista accidental, apremiado por las prisas y la imposibilidad de permanecer más allá de lo estrictamente necesario en un entorno inhóspito y estéril.

La falta de personalidad de la estética comunista, que fue combatida a base de colores chillones y neón en la década de los 80, finalmente ha emergido como la sublimación del más reciente capitalismo liberal, ese que apela a la libertad individual mientras lo llena todo de cámaras, radares, prohibiciones y deuda.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Y dale con el capitalismo liberal.

España nunca ha sido tan socialista (en el sentido más soviético del término) que ahora. La economía nunca ha estado más intervenida que ahora. El poder del partido nunca ha permeado tanto la sociedad como ahora.

Se ve que no tienes empresa, ni haces negocios. Y que te crees la propaganda. El liberalismo en España lleva años muerto, y respecto al capitalismo, tenemos un capitalismo a la China que, llamarlo "liberal", es algo discutible.

Anónimo dijo...

Lo de la arquitectura racional, pragmatica y austera lleva inventado desde principios del siglo pasado. La Bauhaus, Van der Rohe y esas cosas. Ése es precisamente el problema de la arquitectura "moderna", que lleva siendo moderna más de 100 años.

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