Todo lo que siempre quiso saber sobre la crisis (pero nunca se atrevió a preguntar)

16/02/2011

Subversión de símbolos (VI). El fantasma de la libertad

En 1974, cuando ya es un mito del arte y la subversión, Luis Buñuel dirige su penúltimo largometraje, Le fantôme de la liberté. La idea principal se construye en torno al azar, de manera que las situaciones a las que asistimos apenas guardan relación entre sí. Como ya hiciera Hitchcock en Psicosis (1960), la narración lineal a la que está acostumbrada el espectador se quiebra, esta vez de manera mucho más evidente, por lo que el visionado quizá requiera un extra de atención.

Imaginemos una película, por ejemplo, Goodfellas (Scorsese, 1990). La cámara sigue al protagonista por una calle, y en esa calle hay figurantes caminando, leyendo el periódico... ¿Quiénes son? Poco importa, están ahí para darle cuerpo a la secuencia. Pero ¿qué pasaría si, de repente, la cámara se quedara tiesa, se fijara en uno de ellos y, acercándose, empezara a ofrecernos detalles de su vida?

Esto es lo que ocurre en El fantasma de la libertad. Buñuel nos introduce en las cosas de la gente anónima, personas que, detrás de puertas que se abren y cierran, esconden sus juegos sexuales, sus frustraciones, su amor y su odio, sus recuerdos y sus alegrías.



En aquel hotel perdido en una carretera nos encontramos el romance de una mujer de edad incierta con un joven, un respetable hombre de negocios que se aplica al sado rutinariamente, un hombre tocando flamenco a la guitarra, unos monjes en una timba de cartas... Después, en la academia de policía, los alumnos se burlan del capitán como si fueran niños y, en otra escena, un hecho histórico: los españoles, en lugar de recibir las ventajas que les ofrecía la Revolución Francesa, preferían continuar sometidos al Rey y la nobleza (cuenta Buñuel en una entrevista). De ahí que la película comience con el grito que aquellos "rebeldes" lanzaban al invasor gabacho: ¡Vivan las caenas!

En toda esta sucesión azarosa de historias hay una que destaca por su poder visual. En una casa, los invitados se reúnen en torno a la mesa del comedor sentados en retretes. Es decir, que el acto de defecar y/ u orinar se lleva a cabo de manera social. En un momento dado, alguno de ellos se levanta, acude al servicio y allí, en la intimidad, empieza a comerse un muslo de pollo. Gracias a la naturalidad con la que los actores se desenvuelven, la secuencia alcanza unas cotas de surrealismo sólo posibles para el genio del maestro de Calanda.



Con este film, una vez más Buñuel se adelantó al devenir de la Historia. Unió con imágenes el caos, dio protagonismo al azar y puso en escena aquello que hoy se ha convertido en rutina: si la derecha adopta el papel de defensor de los pobres, el panadero tiene un descapotable, el broker viste como un rapero y los bancos atracan a los ciudadanos, es que hemos llegado por fin al universo surrealista de símbolos invertidos que El fantasma de la libertad anunció hace casi cuarenta años.


2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola,
me he leído los seis artículos de este bloque, y me han parecido magníficos.
Saludos,
Sara.

Anónimo dijo...

Te digo lo mismo que Sara.
No dejes de escribir y de ponernos música!
David

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