Todo lo que siempre quiso saber sobre la crisis (pero nunca se atrevió a preguntar)

03/10/2011

Jugando con la memoria

Hay algo en la última película de Terrence Malick que no puede comprenderse en toda su plenitud si uno no ha revisado con anterioridad joyas imprescindibles del cine mudo como Intolerancia (Griffith, 1916) o Metrópolis (Fritz Lang, 1927).

En este sentido, el fluir de imágenes y sonidos, la perfecta coreografía que, con trazo maestro, obliga a sus actores para determinar aquellos lugares de importancia (la violencia inconmensurable de una naturaleza inocente y poderosa que se manifiesta entre volcanes y galaxias, el amor y el dolor) hunden su raíz formal en aquellos inicios de un arte que hoy se reivindica con autoridad a través de este film, Palma de Oro en el pasado Festival de Cannes.

Pero quizá sea la inserción de diálogos sobre las imágenes, los primeros planos, la utilización de compositores clásicos para la banda sonora lo que conecta directamente a esta obra maestra con L'âge d'or (Buñuel, 1930), aquel atentado contra la hipocresía, la frustración, la doble moral, que el más grande director de todos los tiempos planeó junto a Dalí, antes de no volver a dirigirse la palabra.

Curioso, por cierto, que hace unos días los de You Tube censurasen un vídeo del maestro a petición de algún usuario, refrescando así toda su capacidad de transgresión y devolviéndolo a la actualidad de una forma que, seguramente, a él le hubiera gustado.



La película de Mallick macera en la memoria como cualquier otra, a retales, momentos de gran intensidad que se quedan grabados a base de imágenes deslumbrantes, la música de Smetana, Bach, o Mozart, el agua, que se confunde con el aire, las cortinas de una casa llevadas por el viento como una medusa en el mar...

Son precisamente el amor y el dolor lo que El árbol de la vida nos muestra como las grandes fuerzas del Universo, afectos que se traducen en nebulosas, lava que brota inevitable bajo las rocas, una catarata que acompaña con su estruendo la piedad que una mujer le concede a su creador...

En los recónditos parajes del recuerdo residen estatuas inmóviles, situaciones que nunca acabaron de ser comprendidas, donde una caricia o un beso emergen como la única verdad, la misma que a sus dueños les permitió seguir caminando a través del páramo yermo o la isla infinita.

Todo ello se presenta casi al azar, como la visita de aquel asteroide que extinguió una forma de vida para dar lugar a otra, la de unos seres humanos que deambulan perplejos frente al mundo, todavía sorprendidos e incapaces de descifrar su propia existencia.

Igual que en la playa que Visconti soñó que soñaba Thomas Mann en Muerte en Venecia (1971) para Mahler, con el adagietto de su 5ª Sinfonía sonando obsesivamente, la vida y la muerte, las mujeres, los hombres, los niños y su memoria, pasean extraviados en la orilla, jugando con su condición de observadores privilegiados de lo descomunal y lo minúsculo, en una mutación perpetua que les transfiere las mismas propiedades de fluido que poseen las lágrimas y el tiempo.


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