Todo lo que siempre quiso saber sobre la crisis (pero nunca se atrevió a preguntar)

04/02/2012

El bisonte

Desde los jardines del Bosco hasta los cuentos de Poe, de Aristarco de Samos hasta el conjunto de Mandelbrot, una red que se extiende con el paso del tiempo amortigua la caída del hombre en la infamia. Tejido improductivo de esos que buscaron la verdad del mundo.


Que mirando las estrellas descubrieron su planeta, vikingos que cruzaron a otro continente, Colón estudiando a Marco Polo y sus viajes. La Ruta de la Seda, intercambio de lenguas y de pareceres. Otros alimentos, otro dinero, pólvora en barriles de madera bajo el lecho donde el nómada descansa. ¿Seremos acaso descendientes de aquel comercio de culturas?

Cuando Newton perdía su tiempo en la alquimia, o en el descifrado del mensaje oculto en los Evangelios, Bach construía la gran obra de la música, el eterno misterio de la combinatoria convertido en lógica, la voz con que todos los dioses cantaron su divinidad a los seres terrenales.

En su mansión de Beverly Hills, Rachmaninnof añora la tierra. Melodías en días festivos, los momentos felices. Los atrapa y los deja correr libres por la partitura. Así los ve, los oye, siente y vive. En el mismo corazón del arte y de la ciencia, un Neanderthal nos salvó a todos de la infamia.

Quiso ver con otros ojos, siempre cerca, a su manera. En miles de cuevas, desde Asutralia hasta Europa, recorría escondido en la intimidad de la piedra un bisonte de líneas, sombras y matices. El animal que figura desde siempre, es el principio y final del querer y de la muerte.

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